Nación
English: Nation

Camino del edificio de las Naciones Unidas en Ginebra, escoltado a ambos lados por una fila de banderas.

Una nación en sentido amplio es una comunidad histórico-cultural con un territorio que considera propio y que se ve a sí misma con un cierto grado de conciencia diferenciada de los otros. El sentido moderno de nación nace en la segunda mitad del siglo XVIII, tanto en su concepción de «nación política» o «cívica», como conjunto de los ciudadanos en los que reside la soberanía constituyente del Estado, como en su concepción de «nación orgánico-historicista» o «esencialista», como una comunidad humana definida por una lengua, unas raíces, una historia, unas tradiciones, una cultura, una geografía, una «raza», un carácter, un espíritu (Volkgeist),... específicos y diferenciados.[2]​ Por otro lado, en sentido laxo, nación se emplea con variados significados: Estado, país, territorio o habitantes de ellos, etnia, pueblo y otros.

Definición

El debate sobre el concepto de «nación»

Modernistas frente a perennialistas

El concepto de nación ha sido definido de maneras diferentes por los estudiosos sin que se haya llegado a un consenso al respecto.[11]

Anthony D. Smith ha resumido así las dos concepciones de la nación, la de los modernistas o constructivistas y la de los perennialistas o primordialistas:[12]

¿Qué tipo de comunidad es la nación y qué relación existe entre el individuo y esta comunidad? ¿Tiene la nación un carácter fundamentalmente etno-cultural, se trata de una comunidad (real o ficticia) cuyos miembros se ven unidos desde su nacimiento por lazos familiares, una historia común y una lengua compartida [como defienden los perennialistas]? ¿O se trata de una comunidad básicamente social y política cuyo fundamento es un territorio común, un mismo lugar de residencia, derechos de ciudadanía y leyes comunes, siendo así que los individuos son libres de elegir si quieren pertenecer a ella o no [como defienden los modernistas]? (…)
¿Debemos considerar a la nación como una comunidad inmemorial y evolutiva que hunde sus raíces en una larga historia de vínculos y cultura compartida [como defienden los perennialistas]? ¿O debemos ver en las naciones construcciones sociales recientes o artefactos culturales, a la vez rígidos y maleables, los típicos productos de una época histórica y de las especiales condiciones que se han dado en la Edad Moderna y, por lo tanto, destinados a desaparecer cuando se haya sobrepasado esta etapa de la historia y ya no se den las condiciones que le son propias [como defienden los modernistas]?

En un análisis más pormenorizado Anthony D. Smith enumera las siguientes siete diferencias entre los dos paradigmas:[13]

1. Para los perennialistas la nación es una comunidad etno-cultural politizada, una comunidad que comparte ancestros comunes y que busca el reconocimiento político sobre esta base. Para los modernos la nación es una comunidad política territorializada, una comunidad cívica de ciudadanos legalmente iguales que habitan un territorio determinado.
2. Para los perennialistas, la nación es persistente e inmemorial; su historia abarca siglos, si no milenios. Para los modernos la nación es tanto reciente como novedosa, producto de condiciones totalmente modernas y recientes y, por lo tanto, algo desconocido en las era premodernas.
3. Para los perennialistas, la nación hunde sus "raíces" en el tiempo y el espacio y se encarna en una patria histórica. Los modernos consideran que la nación es una creación. Ha sido construida "deliberada y conscientemente" por sus miembros, o algunos segmentos de entre ellos.
4. En opinión de los perennialistas, la nación es una comunidad popular y democrática, la comunidad "del pueblo" que refleja sus necesidades y aspiraciones. Para los modernos se trata de algo conscientemente construido por las elites que buscan influir sobre las emociones de las masas para alcanzar sus objetivos.
5. Para los perennialistas, pertenecer a una nación significa poseer ciertas cualidades. Es una forma de ser. Para los modernos significa estar en posesión de ciertos recursos. Es una capacidad para hacer cosas.
6. Para los perennialistas, las naciones son un todo sin fisuras, con una única voluntad y un solo carácter. Para los modernos la nación típica tiene fisuras y está dividida en un número de grupos sociales (regionales, de género, de clase, religiosos, etc.), cada uno de los cuales tiene sus propios intereses y necesidades.
7. Para los perennialistas, los principios que subyacen a la nación son los de los vínculos ancestrales y la auténtica cultura. Para los modernos, los principios de la solidaridad nacional deben buscarse en la comunicación social y la ciudadanía.

Diversas definiciones de «nación»

Anthony D. Smith, que defiende una posición intermedia entre modernistas y perennialistas que denomina etno-simbolismo,[15]

Según el modernista Benedict Anderson, una nación es «una comunidad política imaginada como inherentemente limitada y soberana».[17]

El también modernista Ernest Gellner critica a los perennialistas y primodialistas cuando afirma que «las naciones, al igual que los estados, son una contingencia, no una necesidad universal. Ni las naciones ni los estados existen en toda época y circunstancia». Para Gellner, «el nacionalismo engendra las naciones, no a la inversa». Pero Gellner reconoce las dificultades que plantea la definición del «elusivo concepto» de «nación» y por ello propone «dos definiciones muy provisionales, hechas para salir del paso»:[19]

1. Dos hombres son de la misma nación si y sólo si comparten la misma cultura, entendiendo por cultura un sistema de ideas y signos, de asociaciones y de pautas de conducta y comunicación.
2. Dos hombres son de la misma nación si y sólo si se reconocen como pertenecientes a la misma nación. En otras palabras, las naciones hacen al hombre; las naciones son constructos de las convicciones, fidelidades y solidaridades de los hombres. Una simple categoría de individuos (por ejemplo, los ocupantes de un territorio determinado o los hablantes de un lenguaje dado) llegar a ser una nación si y cuando los miembros de la categoría se reconocen mutua y firmemente ciertos deberes y derechos en virtud de su común calidad de miembros. Es ese reconocimiento del prójimo como individuo de su clase lo que los convierte en nación, y no los demás atributos comunes, cualesquiera que puedan ser, que distinguen a esa categoría de los no miembros de ella.

Eric Hobsbawm, también modernista, coincide con Gellner al afirmar que no son las naciones las que crean el nacionalismo, sino a la inversa, es el nacionalismo quien «inventa» la nación.[20]

El historiador español Xosé M. Núñez Seixas, que se define como modernista, ha propuesto la siguiente definición de la nación:[21]

Una comunidad imaginada, inherentemente soberana y delimitada territorialmente, integrada por un colectivo de individuos que se sienten vinculados entre sí, con base en factores muy variables y dependientes de la coyuntura concreta, desde la voluntad a la territorialidad o la historia común y el conjunto de características étnico-culturales relativamente objetivables que podemos denominar "etnicidad", es decir, que definen una conciencia social y prepolítica de la diferencia; y que, sobre todo, consideran que ese conjunto de individuos es el sujeto soberano de derechos políticos colectivos.

Partiendo de esta definición Núñez Seixas concluye «que la nación es una realidad social que existe científicamente sólo en la medida en que sus integrantes están convencidos de su existencia». Además afirma que «la aparición de la nación como fenómeno histórico se vincula plenamente a la irrupción de la Edad Contemporánea, en la fase durante la que los antiguos principios legitimadores de la soberanía y el poder (lealtades dinásticas y señoriales, identificación religiosa, criterios de vecindad jurídica...) entran en crisis desde finales del siglo XVIII y han de ser sustituidos por nuevos principios».[22]

Por su parte los también historiadores españoles José Luis de la Granja, Justo Beramendi y Pere Anguera han propuesto la siguiente definición de nación, que concuerda con las propuestas por los modernistas:[23]

Sujeto colectivo de soberanía constituido por un grupo humano que se considera dotado de una identidad singular y legitimado para mantener políticamente unido un determinado territorio.

Etimología y concepto de «nación» en la Edad Media

La palabra nación proviene del latín nātio (derivado de nāscor, nacer), que podía significar nacimiento, pueblo (en sentido étnico), especie o clase.[26]

En la Edad Media el término se continuó empleando en sentido étnico, al margen de que ahora las naciones estuvieran integradas en diversas entidades políticas como Reinos e Imperios. También se usaba para designar a grupos de personas según su procedencia, siguiendo un criterio muy variable (a veces simplemente geográfico), con el fin de distinguir a unos de otros.

En el año 968, el obispo Liutprando de Cremona, en enfrentamiento con el emperador bizantino Nicéforo II en pos del patrón Otón I, emperador del Sacro Imperio Romano, declara en su crónica: «lo que dices que pertenece a tu Imperio, pertenece, como lo demuestran la nacionalidad y el idioma de la gente, al Reino de Italia».[27]

En las universidades medievales, cuya lengua académica era el latín, los estudiantes (provenientes de toda Europa) solían agruparse en naciones, en función de su lengua materna vernácula o su lugar de nacimiento. En 1383 y 1384, mientras estudiaba teología en París, Jean Gerson fue electo dos veces procurador de la nación francesa (esto es, de los estudiantes francófonos de la Universidad). La división en París de estudiantes en naciones fue adoptada por la Universidad de Praga, donde desde su apertura en 1349 el Studium Generale se dividió entre bohemios, bávaros, sajones y en diversas «naciones».

Pero las agrupaciones de los alumnos se hacía siguiendo criterios nada taxativos y bastante sui generis. Así por ejemplo la Universidad de Bolonia estaba integrada a mediados del siglo XIII por las «naciones» francesa, picarda, poitevina, normanda, gascona, provenzal, catalana, borgoñona, española, inglesa, germánica, polaca, húngara... En el siglo siguiente la «nación» catalana de la Universidad de Montpellier incluía además de los estudiantes procedentes del Principado de Cataluña, a los del Reino de Valencia y a los del Reino de Mallorca.[28]

En los grandes mercados de la Edad Media los comerciantes también se reunían en naciones, pero al igual que en las universidades los criterios que servían para agruparlos seguían siendo laxos y arbitrarios. En el Principado de Cataluña, por ejemplo, se mencionaban «las nacions de Cataluña, de València, de Mallorca y de Perpinyà», mezclándose, pues, reinos y principados con ciudades.[29]

Una prueba de la polisemia del término «nación» en la época medieval sería que del papa Benedicto XIII se decía que era «español de nación, del reino de Valencia», pero también se decía que era «valenciano de nación».[30]

El concepto de «nación» en los siglos XVI y XVII

Según Javier María Donézar, el término «nación» era empleado por los naturales de un territorio que residían fuera del mismo, mientras que los habitantes del mismo «no solían considerarse componentes de una nación». «No había conciencia de unidad nacional, y menos de unidad política, tal como hoy la entendemos; todo quedaba vinculado a la “carta de naturaleza”, del mismo modo que las relaciones entre los reyes y los súbditos seguían siendo en todo punto personales».[31]

El término «nación» hacía referencia, como el de patria, al lugar de nacimiento, pero tenía un sentido más amplio que el de la localidad de nacimiento y se refería al «reyno o provincia estendida» y así la define el Tesoro de la lengua castellana o española de Sebastián de Covarrubias, publicado en 1611. Como elemento identificativo de la pertenencia a una «nación» no sólo se recurría al origen común de sus miembros, a los que confería un sentido de pertenencia y familiaridad, sino que también se recurría a otros rasgos culturales distintivos como la lengua o, por ejemplo, un determinado estilo de vestir. Así, como ha destacado Xavier Gil Pujol, «los límites humanos y geográficos de una nación no estaban bien definidos, de modo que el término se prestaba a una amplia variedad de usos».[35]

La imprecisión del término «nación» puede comprobarse en el siguiente texto de 1604 —fecha en la que el reino de Portugal estaba integrado en la Monarquía Hispánica— del clérigo y viajero francés Barthélemy Joly referido a «los españoles»:[36]

Entre ellos los españoles se devoran, prefiriendo cada uno su provincia a la de su compatriota y haciendo, por deseo extremado de singularidad, muchas más diferencias de naciones que nosotros en Francia, picándose por ese asunto los unos de los otros y reprochándose el aragonés, el valenciano, catalán, vizcaíno, gallego, portugués, los vicios y desgracias de sus provincias, en su conversación ordinaria. Y si aparece un castellano entre ellos, vedles ya de acuerdo para lanzarse todos juntos sobre él, como dogos cuan ven al lobo.

Por otro lado, el lugar de nacimiento no era exclusivamente una expresión geográfica, una mera realidad física, sino que en la sociedad corporativa del Antiguo Régimen comportaba las leyes, costumbres y franquicias que lo regían. «Por lo tanto, ser barcelonés o castellano significaba ser partícipe de una condición jurídica determinada (junto al estatus social o estamental respectivo)», señala Xavier Gil Pujol.[39]

Xavier Torres concluye que en la Europa de los siglos XVI y XVII existía, o estaba en ciernes, un espacio intermedio entre las grandes aglomeraciones de pueblos y gentes y la localidad, «lo que ocurre es que no se le designaba con el termino nación, por lo menos sistemáticamente o en todas partes. […] Por lo general, otros términos, tales como provincia, tierra, patria, reino o, simplemente, el corónimo local correspondiente, podían designar de manera mucho más precisa aquel espacio ["una colectividad a un tiempo amplia, estable o históricamente sedimentada, y —más importante aún— vertebrada políticamente"]».[41]

El nacimiento del concepto moderno de «nación» en el siglo XVIII

En el Diccionario de autoridades de 1726 aún se define la nación como «colección de habitantes de alguna Provincia, País o Reino», y la voz patria como el «Lugar, ciudad o país en que se ha nacido», con lo que patria remite a un lugar y nación al conjunto de los que lo habitan. En ese mismo Diccionario de Autoridades la segunda acepción de la voz nación recogía el sentido primigenio de la palabra: «Se usa frecuentemente para significar cualquier extranjero».[42]

La «nación política» de la Ilustración y de la Revolución Francesa

Sin embargo, a lo largo del siglo XVIII el concepto de «nación» —como el de patria— experimentó «un definitivo cambio de escala y de contenido», como consecuencia fundamentalmente de la difusión de los principios modernizadores de la Ilustración. Así se va definiendo la «nación» y la «patria» de una forma racionalista y contractualista, aunque sin que desaparezcan los significados anteriores.[42]

El filósofo ilustrado que ejerció mayor influencia en esta materia fue Jean Jacques Rousseau al desarrollar el concepto de soberanía nacional. Para Rousseau los ciudadanos deben anteponer el bien común a sus intereses individuales naciendo así un contrato social entre todos ellos, como depositarios de la soberanía, del que surgirá un Estado regido por la voluntad general. Y un elemento clave para su desarrollo será el patriotismo que se deberá potenciar desde la infancia mediante la educación. Así lo advierte Rouseau en sus Consdieraciones sobre el Gobierno de Polonia: «Al despertar de la vida el niño debe ver la patria, y hasta su muerte no debe ver otra. Todo verdadero republicano mama, con la leche materna, el amor a su patria, es decir, a las leyes y a la libertad».[42]

Con la Revolución Francesa de 1789 el concepto de «nación» adquirió su pleno sentido moderno al oponer la soberanía de los ciudadanos (de la «nación», de los franceses) al poder absoluto del rey. Así la «nación» es definida como el conjunto de los antiguos súbditos de un monarca absoluto al que han despojado de su poder —y que se han convertido por ello en ciudadanos— que detenta la soberanía sobre un territorio y, por lo tanto, es a ella a quien corresponde determinar las leyes que han de regir a los hombres que lo habitan. Así lo establece el artículo 3º de la Declaración de Derechos del Hombre y del Ciudadano aprobada por la Asamblea Nacional Constituyente: «El origen de toda soberanía reside esencialmente en la nación. Ningún órgano ni ningún individuo pueden ejercer autoridad que no emane expresamente de ella». El abate Sieyès en su opúsculo ¿Qué es el Tercer Estado?, publicado durante las elecciones de los Estados Generales de 1789, ya había definido la nación, a la que identificaba con el Tercer Estado negando su pertenencia a la misma a los dos estamentos privilegiados (nobleza y clero), de la siguiente forma: «¿Qué es una nación? Un cuerpo de asociados que viven bajo una ley común y están representados por la misma legislatura».[46]

Si antes el rey era el Estado, ahora lo es la «Nación». Surge así el Estado-nación que llaman Francia, nación «política» que reúne a los ciudadanos de las «provincias» de la Monarquía (sin distinciones entre ellos), y tras la caída de ésta, de toda la República. Durante el período de la Monarquía constitucional francesa regida por la Constitución francesa de 1791 el lema será «la nación, la ley, el rey» y todas las nuevas instituciones tendrán el adjetivo de «nacional», empezando por la Asamblea Nacional Legislativa que representa a la Nación.[47]

La «nación orgánico-historicista» del idealismo alemán

En estos mismos años surgió en el ámbito germánico una concepción alternativa a la «nación política» —o «cívica»—[49]

El también filósofo germánico Johann Gottlieb Fichte fue el que acabó de definir esta nueva concepción de la nación que ha sido llamada «orgánico-historicista» o «esencialista».[52]