Historia de las artes decorativas

Interior de estilo modernista de la casa Vicens (Barcelona, 1883-1888), de Antoni Gaudí

La evolución histórica de las artes decorativas transcurre en paralelo a la historia del arte en general, especialmente la arquitectura, a la que ha estado ligada usualmente la decoración y el interiorismo. Se denomina artes decorativas a todas aquellas actividades relacionadas con el arte o la artesanía destinadas a producir objetos con una finalidad a la vez utilitaria y ornamental. Son por lo general obras realizadas con una elaboración industrial o artesanal pero persiguiendo una cierta finalidad estética. El concepto es sinónimo de las llamadas artes aplicadas o artes industriales, también llamadas a veces artes menores en contraposición a las artes mayores o bellas artes. En cierto sentido, las artes decorativas es un término aplicado preferentemente a las artes industriales, así como a la pintura y la escultura, cuando su objetivo no es el de generar una obra única y diferenciada, sino que buscan una finalidad decorativa y ornamental, con una producción generalmente seriada.[1]

Las artes decorativas incluyen procedimientos y técnicas como la cerámica, el mosaico, la ebanistería, la orfebrería, la glíptica, el esmalte, la taracea, la metalistería, el textil, la tapicería, la corioplastia o la vidriería. También a menudo engloba las artes gráficas (grabado) y la miniatura, así como algunas obras de arquitectura, pintura y escultura destinadas a la ornamentación y concebidas en serie, no como obras individuales.[2]

Las artes decorativas han estado presentes en mayor o menor medida en todos los períodos de la historia del arte en general, bien por solitario o bien en conjunción con otras artes, especialmente la arquitectura. En muchos casos han marcado de forma determinante algún período histórico, como el arte bizantino, el islámico o el gótico, de tal forma que no sería posible valorarlo adecuadamente sin la presencia de este tipo de realizaciones. En otros casos, especialmente el de culturas nómadas, es el único tipo de realización artística llevado a cabo por estos pueblos, como es el caso de los escitas o de los pueblos germánicos que invadieron el Imperio romano. En muchas culturas las artes decorativas han tenido un estatus similar al resto de las artes, como es el caso de la cerámica griega o la laca china. Cabe también valorar la estrecha relación entre las artes decorativas y la cultura popular, que a menudo ha tenido en este medio su principal vía de expresión.[3]

Prehistoria

Vaso campaniforme de Ciempozuelos, de arcilla negra pulimentada con una capa de barro fino y decorada con motivos geométricos incisos rellenos de pasta blanca, Museo Arqueológico Nacional, Madrid

El arte prehistórico es el desarrollado por el ser humano primitivo desde la Edad de Piedra (Paleolítico superior, Mesolítico y Neolítico) hasta la Edad de los Metales, períodos donde surgieron las primeras manifestaciones que se pueden considerar como artísticas por parte del ser humano. En el paleolítico (25 000-8000 a. C.), el hombre se dedicaba a la caza y vivía en cuevas. Tras un período de transición (mesolítico, 8000-6000 a. C.), en el neolítico (6000-3000 a. C.) se volvió sedentario y se dedicó a la agricultura y la ganadería, con sociedades cada vez más complejas (estratificación social, religión). Comienza entonces la producción de piezas de artesanía, ya que las obras manufacturadas solían tener una incipiente decoración, si bien no había una conciencia plena de elaboración de productos artísticos. Por último, en la llamada Edad de los Metales (3000-1000 a. C.), surgieron las primeras civilizaciones protohistóricas.[4]

Las primeras manifestaciones que se podrían considerar artes decorativas proceden del neolítico, período en el que aparecen las primeras decoraciones arquitectónicas y las primeras obras de cerámica, así como el arte textil. Entre las primeras pueden citarse como más relevantes el friso con decoración de espirales de Hal Tarxien (Malta) o el poste de piedra igualmente decorado con espirales del túmulo de New Grange (Irlanda).[6]

El neolítico dio paso a la Edad de los Metales, pues la utilización de elementos como el cobre, el bronce y el hierro supuso una gran transformación material para estas antiguas sociedades. La metalurgia del bronce apareció en Anatolia, desde donde pasó a Chipre y Creta y, posteriormente, el resto de Europa. La mayoría de sus realizaciones eran de arte mobiliar, preferentemente joyas y armas, decoradas con motivos geométricos abstractos. Surgió entonces la orfebrería, donde se trabajaba el oro y piedras preciosas como el jade o el ámbar, con realizaciones como el collar de jade de Poltalloch (Escocia), los vasos de oro de Rillaton (British Museum) y Glenisheen (Irlanda), el casco de oro de Poiana (Rumanía) o la taza de oro de Borgbjerg (Dinamarca).[8]

En la Edad del Hierro destacaron las culturas de Hallstatt (Austria) y La Tène (Suiza). La primera se dio entre el siglo VIII a. C. y el siglo V a. C., caracterizada por la cerámica polícroma, con decoraciones geométricas y aplicaciones de adornos metálicos. La Tène se desarrolló entre el siglo V a. C. y el siglo I a. C., ligada a la cultura celta. Destacó por sus objetos en hierro (espadas, lanzas, escudos, fíbulas), con diversas fases de evolución (La Tène I, II y III). Al final de esta era recibió las influencias griega, etrusca y del arte de las estepas.[11]